El proceso de globalización se caracteriza por una organización mundial de la producción llevada a cabo por las grandes empresas privadas, por la globalización financiera y por la interdependencia económica. La globalización no debería consagrar la supremacía de la "ley de mercado" en detrimento de los valores comunes de la humanidad, entre los cuales se encuentra en primer lugar el respeto de los derechos humanos para todos. Esto vale tanto para los países desarrollados como para los países en vías de desarrollo.
Durante la Conferencia Mundial de Derechos Humanos de Naciones Unidas, que tuvo lugar en Viena en 1993, se dispuso claramente que ningún argumento, ni siquiera el del desarrollo podía justificar restricciones a las libertades. Además, todo parece indicar que los instrumentos económicos son más eficientes cuando los derechos humanos son respetados, ya se trate de los derechos civiles y políticos o de los derechos económicos, sociales y culturales.
En la medida en que la globalización constituye un proceso caracterizado por la desmultiplicación de los centros de decisiones y de las instancias de regulación, es preciso recordar a todos los actores implicados sus responsabilidades, ya sean Estados, empresas internacionales o instituciones financieras y comerciales internacionales (OMC, Banco Mundial, FMI...) para que el libre comercio no sea un fin en si mismo, sino que al contrario sirva como instrumento para otros fines, como el desarrollo sostenible y la realización en todo el mundo de los derechos humanos tal y como fueron definidos en la Declaración Universal de 1948 y en los instrumentos internacionales posteriores.